JUANITO CANCHE, EL PRIMER PROFESIONAL

Por Salas Bernáldez

Corría el año de 1945, todavía con vientos de guerra, y en Cozumel se vivía una calma y un calor sofocante, apenas atenuado con los “nortes” que con sus fuertes vientos le daban a ese paraíso una poca de brisa fresca. Se jugaba béisbol por la gran influencia venida de Yucatán, Campeche, Tabasco y Veracruz. Pero todo sucedió tan rápido:

La Capitanía de Puerto, el pequeño sector de la Marina y las autoridades civiles recibieron la notificación de que en 15 días arribaría un buque de guerra norteamericano y la tripulación deseaba jugar un partido amistoso de fútbol.  ¿Fútbol?.

En la isla no se jugaba ese deporte, aunque vivían uno que otro veracruzano que había practicado el balompié en sus terrenos, pero sus conocimientos de las reglas y su técnica eran rudimentarios. Todos se preocuparon. No podían desairar a los marinos yanquis.

Había que parar un equipo con la emergencia del caso.

Se logró reunir a 15 jugadores que no tuvieron temor de hacer el ridículo ante el once militar en donde se incluían jugadores italianos, franceses, argentinos y demás.

Se acordó que en esos 12 días se entrenara por las tardes para darle cierta forma a un equipo. La población estaba expectante. No habían visto un partido formal de fútbol.

Y el grupo inició los trabajos en la canchita del Sector Naval. Daba pena ver el bajo nivel técnico del equipo isleño. Sólo ganas de correr, sin ninguna idea de la estrategia. Cada quien tomó la posición que se le acomodaba.

Los fortachones a la defensa. Los más o menos hábiles al medio campo, los entonces y veloces a la ofensiva, así apenas sabían patear un balón.

Pero cuando ya querían jugar un interescuadras notaron que no tenían un portero.

Nadie quería ponerse bajo los tres palos intuyendo que la goleada era segura y con ella las burlas de la gente. El Capitán del equipo, al que llamaré Tomás, se dio cuenta que diariamente salía de la selva un indígena con sus cargas de leña que vendía en el pueblo.

Extrañado de lo que hacían los jugadores se quedaba un buen rato observando los entrenamientos. Para el Capi no pasó inadvertida esta situación y se acercó a quien decía llamarse Juanito Canche, que por otra parte casi no hablaba español sino lengua Maya.

El líder del equipo con señas y un jugador que la hizo de intérprete le hicieron saber a Juanito que lo necesitaban como portero. ¿Cómo?, si no entendía ni Jota de fútbol.

-“Mira, tu nada más te pones en ese Marco y no dejes que entre el balón, nada más”, lo animaba el Capitán. Después de dos días de ruegos lo convencieron. ¡Ya tenían “portero”!.

Iniciaron otro interescuadras y todos expectantes.

Para su sorpresa Juanito se tomó muy a pecho su papel y con los codos, rodillas, cara, espalda no dejaba entrara el balón. Maravillados los jugadores ya hicieron planes técnicos más concretos. Pero, había un problema: Juanito no podía entrenar a diario pues su trabajo de leñador era su única fuente de subsistencia. Menudo problema.

El Capitán sugirió: -¿Y si nos cooperamos diario para pagarle a Juanito lo que gana con su trabajo?.Ya no había tiempo de pensarlo mucho y todos aceptaron.

¡De golpe y porrazo y sin saberlo nació el primer jugador de fútbol profesional del Sureste mexicano!

EL GRAN DIA

Y como no hay plazo que no se cumpla llegó el día del partido.

Los marinos norteamericanos llegaron perfectamente uniformados, con muchos balones y con algo que no tenían los jugadores isleños, zapatos de fútbol.

Los visitantes comenzaron a calentar disparando cañonazos a su portero y los jugadores locales y los asistentes tragaron saliva. La catástrofe estaba anunciada.

Y comenzó el duelo con los gringos atacando de todas partes y variantes, pero el balón no entraba pues Juanito se revolvía como tigre en la portería sacando o tapando los fogonazos.

La primera parte finalizó 0-0 con unos marinos un tanto enojados pues les habían puesto “un jugador profesional, de experiencia”.

La segunda parte fue igual. Nada vencía a Juanito ante la sorpresa de todos.

Faltando dos minutos tomó un balón y lo despejó como Dios le dio a entender y el esférico techo a la defensa visitante, lo tomó un delantero isleño y GOL.

El silbatazo final decretó una Victoria épica ante unos marinos muy enojados por la “trampa” que les hicieron al ponerles un portero “profesional”.

Nunca aceptaron la explicación que Juanito Canche nunca había jugado fútbol.

LA FIESTA

Obvio, el festejo fue también histórico. La gente feliz organizó un baile y se reunió cierta cantidad para obsequiar al portero que no entendía el porqué del alboroto.

Con el tiempo Juanito y el Capitán Tomás, que era un empresario de la isla, lo hizo su compadre. Pero un buen día desapareció. Unos decían que se había ido a Isla Mujeres donde tenía una hermana. Este reportero, que trabajaba en un medio en Cancún supo de la historia. Me interesó sobremanera pero el único dato apuntaba a Isla Mujeres.

Y allá fui tomando una embarcación que salía de Puerto Morelos.

Al llegar investigué y me dijeron que si se acordaban de él pero que sabían qué hace mucho, ya muy mayor, había fallecido. Visite el Panteón pero nunca encontré su tumba.

Ahí se cerró la historia.

COLOFON

La historia fue Real y solo cambié los nombres. Este humilde leñador dejó un gran ejemplo de pundonor, y aunque nunca estuvo consciente de su hazaña para mí fue algo grandioso.

Me hubiera gustado conocerlo y escuchar la historia de su misma voz.

Hacerle sentir mi admiración.

Desde donde esté seguramente todavía festeja con sus compañeros, ya también fallecidos, el día en que el débil equipo isleño y su portero indígena le ganaron al poderoso equipo del buque de guerra norteamericano.

El fútbol da estas grandes enseñanzas, grandes ejemplos de pundonor y fortaleza de espíritu. Descanse en paz. El partido terminó.

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