Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor corcoba@telefonica.net
Cada cual con su vida necesita tomar la posición adecuada. Nuestra visión está en el
corazón. Y así, mientras los sistemas informáticos y de inteligencia artificial se vuelven
más complejos, los límites entre la intención humana y la acción automatizada se diluyen,
lo que plantea que brote un nuevo soplo, o si quieren una nueva humanidad de profunda
hondura, desde la destreza y sus propias percusiones internas. Naturalmente, el porvenir es
nuestro. Al fin y al cabo todo se apoya, en este trajín de rutas y rastros, en la aproximación
de la materia con el espíritu. Quizás tengamos que hacer valer el rostro del alma. De
momento, hay que pararse a repensar, sobre qué es lo que queremos, si una humanidad fría
hasta consigo mismo o una humanidad cercana con todo y hacia todos.
Justamente, dotándonos de una visual contemplativa, es como podremos leer los lenguajes
actuales e interpretar la novedad de nuestra época; redescubriendo los movimientos de una
mirada que no sólo debe evocar efectos productivos, también afectos que nos armonicen.
De ahí, el poder de la enseñanza para dotar a las personas, no únicamente de medios
necesarios para navegar, comprender e influir en los avances tecnológicos, también se
requiere ahondar en las situaciones, los acontecimientos y descubrir su sentido. Además,
tampoco somos máquinas, tenemos sentimientos, precisamos acogernos más que al
conocimiento, a la sabiduría que todo lo aglutina hacia el hogar, para revivirnos
mutuamente y entender la razón de ser por la que soy, un hallarse vinculado a otros
análogos.
En cualquier caso, por encima de todos los avances ha de estar siempre el ser humano. Por
supuesto, estamos llamados a crecer yuxtapuestos, en humanidad y como humanidad. No
dejemos a nadie en la cuneta de la exclusión, es un lazo más de nosotros mismos, al que
hemos de donarle sobre todo un obrar reconstituyente. Fraternizarse es nuestra gran
asignatura pendiente. Lo podremos conseguir, en la medida, que ejemplaricemos los
conocimientos adquiridos. Toda una responsabilidad compartida. De ahí, la necesidad de
garantizar una formación de calidad inclusiva y equitativa, promoviendo oportunidades de
aprendizaje constante; sin obviar, el compartir experiencias, con la compasión necesaria y
la pasión por lo auténtico.
Somos gente en camino; y, como tal, en acción permanente y con capacidad crítica. Hemos
de persistir en guardia como originales poetas, esperando que la inspiración nos sorprenda y
los sueños nos revolucionen el pulso más que lo digital. Sea como fuere, el futuro es
nuestro, no está escrito y depende de nosotros. Corresponde a la persona hacerse valer y
valorarse, alimentar su voluntad con la conciencia libre, desposeída de toda posesión y
alentada por lo natural que nos circunda. El mejor progreso se sustenta en la alianza de
latidos como programa existencial, en la conciliación de faenas compasivas, lo que nos ayudará también a orientar su procesamiento en el empleo de la codificación, hacia una
comunicación plenamente mística, lo que contribuirá a ponderar los recorridos.
Hoy más que nunca, necesitamos ese aire sublime del verso, para no esclavizarnos ante la
inmensa expansión tecnológica, sin moral alguna. Tenemos, por ello, la obligación de
ensanchar horizontes y de guiarnos en confianza, sin ceder al estímulo de nuestras propias
miserias mundanas, como el afán de lucro o a la sed de poder. Esto nos demanda otros
cultivos. Los desafíos no son únicamente técnicos, sino también antropológicos. En
consecuencia, nos alegra que la UNESCO el año pasado mantuviese la educación como
prioridad global en un contexto de escalada de conflictos, cambio climático y desigualdades
crecientes. Igualmente, la inteligencia artificial, debería ponerse al servicio de un mejor
potencial humano; desde luego, jamás en pique, sino en son de concordia.
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